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Puedes suplicar

09.04.2023

Siempre he sido yo el que va rápido a los bifes.

No tengo nada en contra de los juegos preliminares, pero cuando Eva está lista, yo no puedo aguantar. Es tan hermosa y sexy. Tetas de maravilla, culito firme, piernas largas y delgadas. Una sonrisa provocadora bajo unos ojos verdes entrecerrados cada vez que la tumbo en la cama. Pero, ¿cuántas ganas tiene de hacerlo?
 
Quiero oírlo. Al menos una vez. Oírla suplicar que me quiere. Hoy voy a hacer las cosas distinto.
 
"Acuéstate", le ordené, "y no te muevas"
Abrió los ojos y me miró interrogante. Sonreí y le guiñé un ojo. Me arrodillé entre sus muslos abiertos y me incliné sobre ella. Toqué sus labios con el dedo índice de mi mano derecha y lo pasé lentamente por la línea de su barbilla, bajando por su cuello hasta su esternón.
 
La mano se detuvo.
 
La otra siguió el mismo camino.
 
Dividí mi atención a cada lado y formé círculos alrededor de sus hermosos y flexibles pezones con los dedos de ambas manos, con cuidado de no tocarlos. Tamborileé ligeramente con los dedos alrededor de ellos. Sin rozarlos, pasé las palmas de las manos por el exterior de sus pechos y los apreté ligeramente.
 
Lentamente, bajé hasta su cintura y, con besos fugaces en su vientre firme y plano, me abrí paso hasta la montículo de Venus. Mis palmas se metieron bajo el perfecto culo de Eva, así que tenía su pelvis como una bandeja.
 
Eva me observaba con asombro.
 
Abrí la boca como si estuviera a punto de darle placer con mi lengua. Soplé aire caliente en aquel punto maravillosamente sensible de ella que se abría ante mí, y me quedé quieto. Y otra vez. Y una vez más.
 
Pasé los pulgares de ambas manos hasta su presa y empecé a masajear suavemente hacia arriba. Acerqué mis labios a un milímetro de su punto más sensible y me quedé ahí. No puedo describir las ganas que tenía de probarlo.
 
Eve se acercó a mí, ofreciéndose de una manera que no dejaba lugar a dudas de lo que quería. No. Todavía no. Retrocedí unos centímetros. Lo suficiente como para que todavía sienta mi aliento caliente en los dulces pliegues de su húmedo tesoro.
 
Sus ojos brillaron. La fiera dentro de ella no sabía si gruñir o gemir.
 
"Mmmm, no me tortures. Por favor... ¡Te deseo tanto!"
 
Al segundo siguiente, mis labios se posaron. Hasta un milímetro y Eva jadeó.

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Autora: Marina Deluca

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